.................................................................................................Sigmund Freud
..................................................................................................................Sobre el SM


e los instintos sexuales podemos decir, en general, lo siguiente: son muy numerosos, proceden de múltiples y diversas fuentes orgánicas, actúan al principio independientemente unos de otros y sólo ulteriormente quedan reunidos en una síntesis más o menos perfecta. El fin al que cada uno de ellos tiende es la consecución del placer orgánico, y sólo después de su síntesis entran al servicio de la procreación, con lo cual se evidencian entonces, generalmente, como instintos sexuales. En su primera aparición, se apoyan ante todo en los instintos de conservación, de los cuales no se separan luego sino muy poco a poco, siguiendo también en el hallazgo de objeto, los caminos que los instintos del Yo les marcan. Parte de ellos permanece asociada a través de toda la vida, a los instintos del Yo, aportándoles componentes libidinosos, que pasan fácilmente inadvertidos durante la función normal y sólo se hacen claramente perceptibles en los estados patológicos (NOTA: HACE YA TIEMPO QUE LOS EXPERTOS NO CONSIDERAN UNA PATOLOGÍA EL SM ERÓTICO). Se caracterizan por la facilidad con la que se reemplazan unos a otros y por su capacidad de cambiar indefinidamente de objeto. Estas últimas cualidades les hacen aptos para funciones muy alejadas de sus primitivos actos finales (es decir, capaces de sublimación).
Siendo los instintos sexuales aquellos en cuyo conocimiento hemos avanzado más, hasta el día, limitaremos a ellos nuestra investigación de los destinos por los cuales pasan los instintos en el curso del desarrollo y de la vida. De estos destinos, nos ha dado a conocer, la observación, los siguientes:
La transformación en lo contrario.
La orientación contra la propia persona.
La represión.
La sublimación.
No proponiéndonos tratar aquí de la sublimación, y exigiendo la represión capítulo aparte, quédanos tan sólo la descripción y discusión de los dos primeros puntos. Por motivos que actúan en contra de una continuación directa de los instintos, podemos representarnos también sus destinos como modalidades de la defensa contra ellos.
La transformación en lo contrario se descompone, al someterla a un detenido examen, en dos distintos procesos, la transición de un instinto desde la actividad a la pasividad, y la transformación de contenido. Estos dos procesos, de esencia totalmente distinta, habrán de ser considerados separadamente. Ejemplos del primero son los pares antitéticos «sadismo-masoquismo» y «placer visual-exhibición». La transformación en lo contrario alcanza sólo a los fines del instinto. El fin activo -atormentar, ver- es sustituído por el pasivo -ser atormentado, ser visto-. La transformación de contenido se nos muestra en el caso de la conversión del amor en odio.
La orientación contra la propia persona queda aclarada en cuanto reflexionamos que el masoquismo no es sino un sadismo dirigido contra el propio Yo y que la exhibición entraña la contemplación del propio cuerpo. La observación analítica demuestra de un modo indubitable, que el masoquista comparte el goce activo de la agresión a su propia persona y el exhibicionista el resultante de la desnudez de su propio cuerpo. Así, pues, lo esencial del proceso es el cambio de objeto, con permanencia del mismo fin. No puede ocultársenos, que en estos ejemplos coinciden la orientación contra la propia persona y la transición desde la actividad a la pasividad. Por lo tanto, para hacer resaltar claramente las relaciones, resulta precisa una más profunda investigación.
En el par antitético «sadismo-masoquismo» puede representarse el proceso en la forma siguiente:
a) El sadismo consiste en la violencia ejercida contra una tercera persona como objeto.
b) Este objeto es abandonado y sustituído por la propia persona. Con la orientación contra la propia persona, queda realizada también la transformación del fin activo del instinto en un fin pasivo.
c) Es buscada nuevamente como objeto una tercera persona, que a consecuencia de la transformación del fin tiene que encargarse del papel de sujeto.
El caso c) es el de lo que vulgarmente se conoce con el nombre de masoquismo. También en él es alcanzada la satisfacción por el camino del sadismo primitivo, transfiriéndose imaginativamente el Yo a su lugar anterior, abandonado ahora al sujeto extraño. Es muy dudoso que exista una satisfacción masoquista más directa. No parece existir un masoquismo primitivo no nacido del sadismo en la forma descrita. La conducta del instinto sádico en la neurosis obsesiva, demuestra que la hipótesis de la fase b) no es nada superflua. En la neurosis obsesiva hallamos la orientación contra la propia persona sin la pasividad con respecto a otra. La transformación no llega más que hasta la fase b). El deseo de atormentar se convierte en autotormento y autocastigo, no en masoquismo. El verbo activo no se convierte en pasivo, sino en un verbo reflexivo intermedio.
Para la concepción del sadismo hemos de tener en cuenta que este instinto parece perseguir, a más de su fin general (o quizá mejor: dentro del mismo) un especialísimo acto final. Además de la humillación y el dominio, el causar dolor. Ahora bien, el psicoanálisis parece demostrar que el causar dolor no se halla integrado entre los actos finales primitivos del instinto. El niño sádico no atiende a causar dolor ni se lo propone expresamente. Pero una vez llegada a efecto la transformación en masoquismo, resulta el dolor muy apropiado para suministrar un fin pasivo masoquista, pues todo nos lleva a admitir, que también las sensaciones dolorosas, como en general todas las displacientes se extienden a la excitación sexual y originan un estado placiente, que lleva al sujeto a aceptar de buen grado el displacer del dolor. Una vez que el experimentar dolor ha llegado a ser un fin masoquista, puede surgir también el fin sádico de causar dolor, y de este dolor goza también aquel que lo inflige a otros, identificándose, de un modo masoquista, con el objeto pasivo. Naturalmente, aquello que se goza en ambos casos no es el dolor mismo, sino la excitación sexual concomitante, cosa especialmente cómoda para el sádico. El goce del dolor sería, pues, un fin originariamente masoquista, pero que sólo dado un sadismo primitivo puede convertirse en fin de un instinto.
Para completar nuestra exposición añadiremos que la compasión no puede ser descrita como un resultado de la transformación de los instintos en el sadismo sino como una formación reactiva contra el instinto.
......................................................................................................................(Freud, fragmento de "Los instintos y sus destinos").




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